La ola de conciencia por el cambio climático es inminente. A propósito de la Cumbre del Clima (COP25) que se celebró este 2019 en Madrid, la búsqueda por frenar el galope de la constante huella de carbono que dejan nuestras actividades en el planeta, ha movilizado a los líderes y activistas más influyentes del mundo, excepto a algunos (los más perjudiciales) que decidieron hacer caso omiso al calentamiento global, como EEUU y China.

Todas las actividades que realizamos, desde comprar una prenda de vestir hasta ir en coche a casa, producen una huella de contaminación en el planeta. Además, como ya venimos hablando en nuestros artículos anteriores, las mujeres generamos un impacto grandísimo incluso sin quererlo, ya que cada mes arrojamos un promedio de 10 productos de higiene menstrual que terminan afectando los océanos.

Por supuesto, no es nuestra culpa ya que la industria de productos de higiene íntima se ha encargado de formar la cultura de “mancha y tira a la basura”, pero sí que podemos tomar las riendas para reducir las asombrosas cifras de la huella de carbono generada por productos como tampones y compresas.

En primer lugar, vamos a ponerte en contexto: ¿Qué significa dejar una huella de carbono? Veámoslo.

¿Qué es la huella de carbono?

Te despiertas en la mañana, enciendes la cafetera, te das una ducha con agua caliente y sales en tu coche a trabajar. Aunque no lo creas, todas las acciones que realizas producen un efecto en el planeta, y eso es lo que ambientalmente se conoce como una huella.

La huella de carbono es la cantidad de emisiones de gas de efecto invernadero que producen las actividades diarias de cada persona, así como los procesos de fabricación e industria de los productos que usamos y consumimos en la cotidianeidad. Es la marca expresada en toneladas de CO2 equivalente de lo que deja nuestro paso por el planeta.

De esta manera, la fabricación de esa cafetera que encendiste en la mañana dejó una emisión de CO2 a la atmósfera; la electricidad o el gas empleado para calentar el agua, también. El combustible de tu auto y hasta tu desayuno requieren una serie de procesos de manufactura que dejan emisiones de gases de efecto invernadero (GEI).

Se ha determinado que el 95% del calentamiento global es generado por la contaminación que produce la actividad humana, de acuerdo con el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Por esta razón, actualmente se han elaborado parámetros y calculadoras que permiten cuantificar esas emisiones durante el ciclo de vida de los productos y servicios, desde la materia prima, manufactura, transporte, uso y desecho de estos.

Estos estándares, de los que hablaremos más adelante, se encargan de medir también nuestros hábitos: cuánta energía eléctrica empleamos, cantidad de tiempo que pasamos en el coche, cada cuánto compramos prendas de vestir o calzado, o hasta cuánta carne y productos animales comes semanalmente.

De hecho, el boom por conocer nuestra huella de GEI se ha focalizado en los últimos tiempos en el consumo de la carne y cuán nociva e insustentable es la actividad ganadera para el planeta Tierra, pero eso es ya otro tema.

 

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En fin, en las calculadoras de la huella de carbono se toman en cuenta muchos aspectos de la vida cotidiana, pero hay algunos renglones que tienen un gran peso que no son incluidos: el uso MASIVO y aparentemente ineludible de productos de higiene menstrual como compresas y tampones.

Pero ¿De verdad genera tanto daño la fabricación de estos artículos como para incluirlos en la lista? Vamos a ponerlo en perspectiva.

Cuánto le cuesta al planeta la producción de tampones y compresas

Desde hace aproximadamente un siglo, se comenzó a fabricar estos productos de higiene íntima que podrías desechar en cada uso: fácil, práctico y sobre todo, sin tener que ver la sangre menstrual. Todo esto, a un alto costo: en promedio durante 12 meses, cada mujer menstrúa cada mes durante 5 días, en los que se usa al menos 2 compresas o tampones, por una media de 40 años de vida fértil de la mujer.

Las matemáticas arrojan aproximadamente el increíble total de 4.800 productos, por ¡Cada mujer! Entonces, sí: las compresas y tampones son altamente contaminantes porque cada vez que desechamos una compresa termina en los océanos y nunca llega a biodegradarse.

Por otro lado, y a lo que vamos en este artículo, la fabricación de estos productos deja una huella gigantesca. De acuerdo con la organización “The Eco Guide”, la producción de tampones (ya sean hechos de algodón o de polipropileno) dejan una huella de carbono de aproximadamente entre “14,3 y 7,58 Kg de CO2 equivalente; el algodón requiere de 3,06 Kg de CO2 y el rayón un promedio de 4,8 Kg” del mismo gas. Y en cuanto a las compresas, sus cifras rodean los 5.3 Kg de dióxido de carbono equivalente.

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Quizás a simple vista no logres entender la magnitud, por lo que podemos comparar esas cifras con la cantidad de kilogramos de carne de cerdo consumida en España. Por ejemplo, cada kilo de cerdo que se produce genera 4,8 Kg de CO2, y por cada kilo de pollo, 3.5 Kg de este gas.

Más impactante aún, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la cantidad de estos desechos menstruales anuales produce casi 15 millones de toneladas de GEI, lo que podría equivaler (y prepárate)… a la quema de 35 millones de barriles de petróleo.

¿Por qué genera tanto CO2 mis compresas y tampones?

Todo reside en la fabricación de sus materiales. Una compresa menstrual contiene diferentes materiales como algodón, rayón, diferentes tipos de plástico, blanqueantes, súper absorbentes, etc. Lo mismo sucede con los tampones y sus envoltorios.

Para producir el algodón de tus tampones y compresas, se requiere del uso de grandes riegos de agua (por eso el algodón también deja una huella hídrica), pesticidas y herbicidas.

Como lo afirmamos anteriormente, solo el algodón destinado a las compresas menstruales genera 3,06 Kg de CO2. Eso, sin pasar por el proceso de blanqueamiento que les da ese blanco limpio y fluorescente a tus productos de higiene íntima.

Fuente: ‘Greenhouse Gas Emissions from Agriculture, Forestry and other Land Use’

Para blanquear estas fibras, se necesitan de procesos de incineración con cloro, uno de los procedimientos más contaminantes del mundo que, a su vez, requiere de industrialización, responsable del 21% de las emisiones de gases invernadero, y de energía, responsable del 35% de estos. Todo se convierte en una cadena de generadores de dióxido de carbono responsable del calentamiento global.

Esto nos lleva a uno de los mayores problemas ambientales existentes en la actualidad: el plástico. Las compresas sanitarias contienen polímeros como el polipropileno, polietileno y poliéster. Estos también están presentes en las bolsas plásticas para ir de compras, en envases para guardar comida, etc. Y todos ellos son derivados de la quema de combustibles fósiles.

De acuerdo con Carrol Muffet, cabeza del Centro de Derecho Ambiental Internacional (CIEL, por sus siglas en inglés) “las emisiones de GEI por producción e incineración de plásticos podría alcanzar las 56 gigatoneladas de CO2 entre este 2019 y el año 2050”. De manera más simple, se traduce en 56 billones de toneladas de GEI.

Todo esto aunado al tema de que el plástico no se biodegrada y se acumula durante años en los océanos, formando islas cuya superficie podría alcanzar a ser 4 veces mayor que la de España.

La mejor opción: La copa menstrual

Después de haber visto que todo genera una huella de carbono y lo nocivos que son los tampones ¿Cuál es la huella de carbono de las copas menstruales?

La copa menstrual ha traído beneficios no solo para la salud íntima, sino para el medio ambiente en todos los aspectos. Está hecha de silicona de grado médico, un producto elaborado a partir del silicio en combinación con oxígeno y otros elementos.

En comparación a los 5.3 Kg de CO2 de las compresas y los 7.58 Kg de este gas de los tampones, la fabricación de las copas menstruales sólo dejará un 2.71 Kg de dióxido de carbono en el planeta, lo que reduce ampliamente el impacto ambiental que genera nuestra higiene durante la menstruación.

Además, esta es una excelente opción para reducir nuestro daño en el ambiente porque solo requerirás comprar una sola copa menstrual en un lapso de hasta 10 años. Así estarás evitando que miles de desechos sean vertidos en los mares y que los microplásticos desintegrados de ellos, pasen a afectar a especies y ecosistemas.

Formas de reducir tu huella de carbono en la Tierra

Esta es la primera fase de tu contribución con nuestro planeta. El desafío de las grandes organizaciones ambientalistas es generar un cambio en los hábitos de las personas.

Como lo explicamos anteriormente, se han creado protocolos que deben seguir tanto los fabricantes de productos como las organizaciones para procurar reducir su impacto ambiental. Para ello, la norma ISO 14067-2018, mantiene regulaciones para las empresas e industrias fabricantes de los distintos rubros de consumo a nivel global.

En España se ha creado el Registro de la Huella de Carbono, que busca diluir la cantidad de emisiones de CO2 que produce el país anfitrión de la Cumbre por el Clima este diciembre de 2019. Entre los países con mayor generación de GEI en el mundo están China, EEUU, India, Rusia, Japón y Alemania.

Por otro lado, para reducir tu huella de carbono personal, puedes empezar calculando tu consumo actual en cuanto a transporte, calefacción, uso de equipos electrónicos, vestimenta y alimentación. Asimismo, puedes comenzar por aplicar gradualmente la filosofía del Zero Waste, reusar y reciclar los productos de plástico y rechazar aquellos que no necesites.

Anímate a usar la copa menstrual. Es una de las formas más eficientes para saber que tu menstruación no es vehículo de contaminación y que puedes hacerla mucho más sustentable y sostenible para el planeta Tierra.

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